Disculpen el exceso de signos de interrogación. No es una sorpresa la censura al escritor Tryno Maldonado. Poco a poco este gobierno formalizará todo lo que han hecho a escondidas.
Abajo hay dos textos: el primero; es la columna del 1 de agosto de 2007 “Astillero” del periodista Julio Hernández López y, el segundo; el texto censurado escrito por Tryno Maldonado.
Astillero
Julio Hernández López
Entomología política
Persecutores tecnificados
FCE: cucaracha-calderón
Salazar Sáenz busca SLP
Felipe Calderón avanza en su estrategia de control social mediante el uso desbordado de la fuerza (soldados y policía militarizada) y la ''alianza'' colonizada con el gobierno estadunidense. Ayer, el vocero del Departamento de Estado de la administración bushista, Tom Casey, informó que Los Pinos está comprando a sus dominantes vecinos norteños equipo computarizado para dar seguimiento a actividades relacionadas con ''el crimen organizado, particularmente narcotraficantes''. El portavoz gringo de las decisiones mexicanas descobijó al felipismo e hizo sentir que en la frontera norte habrá acciones concertadas de ambos gobiernos, pero no quiso precisar si esas maniobras de espionaje se extenderían en el resto del país trasero a ''ciudadanos comunes'', acaso sospechosos de terrorismo.
La compra de tales equipos pretende dotar al calderonato de información precisa respecto de disidencias políticas internas. Los estallidos de ductos petroleros y otras acciones guerrilleras recientes habrían ayudado a ''justificar'' una decisión que por lo demás se inscribe en el contexto de las negociaciones que con Estados Unidos como comandante en jefe pretenden sumir a Canadá y México en un esquema de ''seguridad regional'' que necesita la abdicación de soberanías nacionales. Un representante mexicano golpeado y chantajeado por maniobras hechas en chino, debilitado en el ámbito interno por incapacidad creciente, y sometido e infiltrado tecnológicamente mediante equipos de ''seguimiento'' civil es un inmejorable candidato a aprobar lo que le propongan en la próxima reunión de la Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte (ASPAN).
Mientras tanto, Calderón disputa a Ebrard los reflectores relacionados con la visita de Al Gore; Hacienda advierte que la tal contribución empresarial a tasa única podría reducirse (a la tasa de contribución deseada por los empresarios mandones); Kirchner sigue actuando como canciller mexicano sustituto (ahora criticando la construcción gringa de un muro fronterizo), y Los Pinos continúa usando información policial y fiscal contra un adversario electoral (Jorge Hank, a quien se está dando trato similar al que en Jalisco descarriló a Arturo Zamora para dar paso a un triunfo panista).
Astillas
La aparición de una cucaracha-calderón en las librerías del Fondo de Cultura Económica (FCE) provocó sobresaltos directivos que fueron combatidos mediante cuidadas dosis de tardío ocultamiento. Resulta que en el número 439 de La Gaceta, con el título en portada de Cuentos para pasar la vida, se incluyó Acido bórico, un texto del zacatecano Tryno Maldonado (nacido en 1977), en el que el personaje central de la ficción narra su estancia, en días de represión federal en esa entidad, en un departamento de Oaxaca en el que había cucarachas. ''La primera cucaracha que vi fue una del tipo que días más tarde catalogué en mi libreta como obispo, por la forma recta y recortada como una capa que adquirían sus alas en la parte inferior, además de lo prieto de su pigmento. Prieto como la mierda. O como los obispos, más exactamente''. Luego encontró la variedad que clasificaría como cucaracha-diazordaz, ''por las asombrosas similitudes que encontraba con el rostro de aquel ex presidente, no sólo en facciones, sino en las maneras de desplazarse y, en general, en su forma expansiva y campechana de ocupar el mundo''. Pero, ''sobre todo, lo que me decidió a recurrir al ácido bórico fue la aparición de una tercera clase de cucaracha, la más asquerosa, evolucionada y temible de todas. La cucaracha-calderón''. Y es que ''la cucaracha-calderón era la peor de todas las que logré clasificar en ese periodo. Era la más golosa, sucia, torpe y lenta de todas. Nada que ver con la bravura y el arrojo de la obispo, ni mucho menos con la astucia y la rapidez de la diazordaz. La cucaracha-calderón era pertinaz, imbécil, pero pertinaz y, sólo ahora lo creo, inmortal''. La Gaceta, con el texto de Maldonado, estuvo disponible en las librerías del Fondo de Cultura Económica durante las primeras semanas de julio y, de pronto, llegó la orden de recoger los ejemplares, ''por instrucciones superiores''. En dos de esos establecimientos los encargados comentaron a esta columna que las revistas habían sido recogidas. Otro dijo haber sido informado de que serían ''redistribuidas'' de otra manera. En otros sitios simplemente mencionaron que La Gaceta de julio no estaba disponible. Pero por fortuna en la página
www.fondodeculturaeconomica.com en La Gaceta, se puede entrar a la edición de julio, con todos los cuentos de la edición, inclusive Acido bórico. ¡Santos pudores cucarachos, Batman!...
El Héroe de Pasta de Conchos, Francisco Salazar Sáenz, busca ser candidato a gobernador de San Luis Potosí por el Yunque-PAN. El ingeniero químico que fue secretario del Trabajo en el segundo tramo del foxiato no quiere hablar de estallidos en minas, fallecimiento de obreros ni maniobras oficiales para retrasar la confirmación de que los sepultados en Coahuila estaban muertos. Hoy nada más quiere hablar de elecciones en SLP (que serán en 2009), donde otros panistas activos en busca de ese cargo son el senador Alejandro Zapata y el alcalde de la capital del estado, Jorge Lozano Alarcón...
Ha cumplido un año Radio AMLO (www.radioamlo.org), un proyecto de comunicación por Internet que surgió en los primeros días del plantón de protesta poselectoral que se instaló del Zócalo a Paseo de la Reforma. La historia de tal esfuerzo es digna de estudio y reconocimiento. Un puñado de ciudadanos, que en varios casos se conocían solamente a través de la comunicación cibernética, decidió unir conocimientos técnicos, vocación periodística y posturas sociales y políticas para difundir información y compartir puntos de vista respecto de lo que en la mayoría de los medios tradicionales de comunicación era silenciado o desvirtuado. Radio AMLO, que ahora ha logrado transmisiones en vivo por la red de Internet, es un ejemplo de creatividad a partir de nuevas tecnologías...
¡Hasta mañana!
http://www.jornada.unam.mx/2007/08/01/index.php?section=opinion&article=004o1pol
Ácido bórico
Tryno Maldonado
Para C.R.G.
01. Esa madrugada las cucarachas terminaron al fi n por sacarme
del departamento. Todo, absolutamente todo, incluyendo
mi matrimonio y la ciudad, se fue a la mierda.
02. Por la tarde tomé unos mezcales y me fui a nadar a un balneario
de las afueras de Oaxaca.
03. El departamento nos había sido recomendado por Martín
Solares. El lugar era una casa antigua y céntrica, pero remozada
y dividida en departamentos amplios listos para recibir la
basura per cápita diaria en la que gozaban gringos jubilados
durante las temporadas altas, pero que, por el confl icto social
que paralizó a la ciudad desde hace meses, se encontraba vacío
y a menos de mitad de precio, es decir, a un precio de pronto
no prohibitivo para un matrimonio mexicano joven y de clase
media como lo éramos Claudia y yo.
04. Esos días llevé un diario en una Moleskine. Un diario,
diagramas y dibujos. Por eso lo tengo tan claro. La primera
cucaracha que vi fue una del tipo que días más tarde catalogué
en mi libreta como “obispo”, cucaracha-obispo, por la forma
recta y recortada como una capa que adquirían sus alas en la
parte inferior, además de lo prieto de su pigmento. Prieto
como la mierda. O como los obispos, más exactamente. Eso es.
Antes de aquel episodio no conservo recuerdo de mayor contacto
que el incidental, anecdótico o distante con cualquier
clase de blátido. Cuando la vimos, Claudia, de temperamento
claramente más urbano y civilizado que el mío, dio visos de
querer aplastarla por acto refl ejo, pero la sola idea de escuchar
el estallido del esqueleto externo como el crepitar de una nuez
bajo la suela me movió a detenerla en el acto. El insecto aprovechó
esos instantes de duda para subir por su sandalia y trepar
con una velocidad amenazante hasta su muslo interno antes de
que yo se la sacudiera de encima con un periódico. ¿Tocarla
yo? ¡ Ja! Ni hablar... El animal fue a caer al suelo con un ligero
chasquido, a perderse más tarde debajo de la estufa como un
cochecito de fricción enloquecido. Claudia pocas veces me
había mirado de esa manera.
05. Aunque nuestra estancia en Oaxaca tenía un propósito muy
determinado y de antemano fi nito, Claudia y yo no dudamos
en darle a la casera un depósito equivalente a la renta de un
mes en signo de buena voluntad, creyendo con candor que
podríamos volver extensibles una vacaciones posteriores bajo
el subterfugio de una comisión de su trabajo. Ninguno de los
dos hubiera apostado un peso a lo contrario.
06. No me atreví a desempacar durante tres días.
07. Claudia debía viajar sin variedad todas las mañanas hasta un
pueblo cercano para hacer el trabajo que nos había traído desde
el norte hasta acá. El Forum de las Culturas le había consignado
la documentación gráfi ca y escrita, día a día, del proyecto
de cierto artista plástico zapoteco mimado por la
Fundación Rockefeller en lo que seguramente sería una reivindicación
por su conciencia de culpa blanca antes que por cualquier
parámetro estético. Y es que a decir verdad las estatuas
eran naíf y horrorosas, sobre todo horrorosas. La empresa
consistía en crear dos mil quinientas un estatuas de barro de
tamaño real, representando a sendo número de emigrantes
mexicanos fallecidos en la frontera con Estados Unidos. Una
locura y una pérdida de tiempo, si me lo preguntan. Pero el
caso es que, salvo las primeras veces que la acompañé al pueblo
fantasma sitiado por huestes de estatuas de barro, como regla
general me quedaba en casa. A eso, en resumen, y nada más,
habíamos ido hasta allá. O al menos ella. Yo, por mi parte,
fi ngía escribir una nueva novela, tal como he hecho en los últimos
años para quitarle unos pesos a mi agente e ir al día.
08. De la segunda y tercera cucarachas que pude ver en el departamento,
una de ellas pertenecía a eso que me dio por clasifi
car como del tipo “díazordaz”, cucaracha-díazordaz, por las
asombrosas similitudes que encontraba con el rostro de aquel
ex presidente, no sólo en facciones, sino en las maneras de
desplazarse y, en general, en su forma expansiva y campechana
de ocupar el mundo. Su coraza era más pálida y traslúcida que
la de una cucaracha-obispo, su talla visiblemente más corta. Y lo
sé porque en esa ocasión las vi juntas. Había ido al supermercado
a hacer nuestras primeras compras de víveres cuando me
las topé, justo en la línea imaginaria del vano de la puerta de la
recámara. De inicio creí que se trataría de alguna mutación
oriunda de cucaracha como consecuencia lógica de la abundancia
de gases lacrimógenos y gas pimienta en la ciudad. Pero
no. Un cuerpo luengo y articulado se contorsionaba sobre sí
mismo. Una pareja de cucarachas apareándose, pensé luego.
Pero sólo hasta que me puse en cuclillas y tuve a la pareja de
insectos a medio metro de mis narices, me pude percatar de lo
que en realidad hacían. La cucaracha-obispo devoraba a la cucaracha-
díazordaz por la cabeza. La obispo era casi el doble de talla
que la primera que vimos, con la diferencia de que ésta mostraba
una especie de collarín parduzco que de alguna forma
debería distinguirla o realzarla en jerarquía selectiva frente a
las otras. No lo sé. El caso es que la cucaracha-obispo detuvo su
cruel envestida contra la pobre díazordaz en el momento en
que logró arrancarle al fi n la cabecita. Ni siquiera se la comió.
Luego se marchó a toda velocidad zigzagueando por la orilla
de una pared para irse a perder en un orifi cio del registro de
agua. Me puse de rodillas, tirando al suelo las bolsas del supermercado
sólo para poder recoger entre el índice y el pulgar la
cabeza cercenada de la cucaracha-díazordaz. Sus larguísimas
antenas aún se movían frente a mis ojos como látigos.
09. La primera vez que Claudia no volvió a casa por la noche ni siquiera me alarmé. Ni tenía motivo. Cerca de la hora de la cena me envió un mensaje de texto para avisar que pasaría la noche en el pueblo de las estatuas de barro, pues los taxis colectivos, el único medio para volver a la ciudad, había dejado de circular hacía una hora. No dejó de parecerme sospechoso su mensaje, pues en aquel pueblo no llega señal telefónica. Cené corn-flakes, pan dulce con Coca-Cola y me fui a dormir. Al amanecer descubrí que las cucarachas habían tenido una orgía magnífica sobre mi tazón. La hambruna había terminado. Muchas, incluso, no pudieron abandonar el fondo por lo gordas que habían quedado.
10. Le conté a Claudia el incidente pero ella, dentro de su pragmatismo insobornable, adujo que era lo más normal que un departamento desocupado durante tanto tiempo tuviera insectos, que sólo era cosa de días para que cedieran a nuestra presencia. Además, ella sólo había visto la primera cucaracha-obispo, una sola, y dijo que tampoco era para tanto, que no fuera tan fresa. Juro que eso dijo.
11. En el mercado le conté mi problema a una vendedora de tlayudas. Me recomendó el ácido bórico y compré tres frascos en una ferretería. Para ese tiempo habían trascurrido dos semanas y no me había bañado siquiera por temor a que uno de esos insectos saliera por la coladera y subiera hasta mis testículos para devorarlos tal como vi hacer a la cucaracha gorda del collarín con la cabeza de una pobre cucaracha-diazordaz. Me veía obligado a comer fuera sin variedad, pues no pretendía correr el riesgo de almacenar sobrantes de comida, no iba a ponerles un banquete nunca más. Pero, sobre todo, lo que me decidió a recurrir al ácido bórico fue la aparición de una tercer clase de cucarachas, la más asquerosa, evolucionada y temible de todas. La cucaracha-calderón.
12. Antes de usar el ácido bórico por recomendación de la señora del mercado, le llamé por teléfono a Martín Solares a París para pedirle un consejo. No se me ocurrió mejor idea dado que fue él mismo quien me había recomendado el departamento, y en mi reducida visión del mundo era él y no otra persona quien debería tener la respuesta que yo estaba esperando escuchar. “Raid Max”, fue lo último que dijo Martín desde el otro lado del Atlántico con una voz pastosa antes de volver al sueño del que mi llamada lo había sacado.
13. La segunda vez que Claudia no volvió a casa por la noche fue, según ella, por algo un poco más serio. El movimiento popular había cerrado todas las vías de acceso por tierra. Hubo helicópteros sobrevolando el centro y un olor agridulce impregnó el ambiente como resabio de los gases y la pólvora. Encendí la tele y un tipo dijo que la policía federal estaba en camino. Tres aviones Boeing. Una veintena de helicópteros. Una treintena de tanquetas. Y ni un solo taxi para volver de aquel pueblo perdido, según Claudia. ¡Bah! ¿Quién va a creérselo? No las cucarachas, claro. Ellas se quedaron en la ciudad, al pie del cañón.
14. Es asombrosa la cantidad de sensaciones auditivas y visuales que puede causar un veneno para insectos en apariencia tan dócil como el Raid Max. En su tiempo jamás usé el cloruro de etilo, “heroína rápida”, que de pronto se puso tan de moda entre los adolescentes de clase media-baja con los que me inicié en muchas otras cosas durante la prepa, pero intuyo que los efectos no deben ser muy diferentes. La primera semana rocié durante tres días, mañana y noche, cada rincón, cada orificio del departamento con el spray. El resultado fue inmejorable. Al volver a casa encontraba el suelo tapizado de decenas de cadáveres duros y crujientes. Sin embargo, bastaba que se emancipara la concentración de Raid Max para que una nueva camada de insectos plagara el baño, el clóset, la cocina y la recámara, sobre todo la recámara, donde estaba el registro del agua.
15. Cuando Claudia se dormía, me acostumbré a estar bien alerta, a encender las luces y a estar atento sin pestañear con la vista clavada en las paredes, en las esquinas, en el techo, en la alacena, en los resquicios más profundos y coladeras, con la botella de Raid Max en mano. Apenas apretar el disparador y las muy culeras caerían muertas, retorciéndose sobre sí mismas, con las seis patitas tiesas al aire. Muchas veces acerqué el oído hasta ellas para intentar escuchar el sonido que deben hacer cuando agonizan. Nunca obtuve resultados.
16. A la tercera semana ya no dormía ni una hora. Alguien tenía que mantener la guardia. Y no era yo quien iba a dar su brazo a torcer ni mucho menos a otorgar tregua. Fue entonces cuando me recomendaron el ácido bórico. Me recomendaron hacer una preparación con manteca, azúcar, mucha azúcar, y cantidades generosas del ácido. El resultado fue una pasta ambarina y rica como el dulce de leche, pero letal para los insectos y su prole. A veces, durante las noches, cuando Claudia de quedaba dormida, la untaba sobre pan tostado y la acompañaba con Coca-Cola y Red Bull para mantenerme despierto ante cualquier eventualidad. Dejé de hacerlo cuando un buen día el dolor de estómago no me permitió levantarme.
17. La cucaracha-calderón era la peor de todas las que logré clasificar en ese período. Era la más golosa, sucia, torpe y lenta de todas. Nada qué ver con la bravura y el arrojo de la obispo, ni mucho menos con la astucia y la rapidez de la diazordaz. La cucaracha-calderón era pertinaz, imbécil pero pertinaz y, sólo ahora lo creo, inmortal. Fue esa especie la que terminó por sacarme del departamento. Cuando me daba a la tarea de leer, por ejemplo, cosa que cada vez sucedía con menor frecuencia, tenía que mantener el rabillo del ojo alerta para evitar sentir de pronto ese cosquilleo tan familiar bajando por mi espina dorsal. Dejé de traer en definitiva comida a la casa y procuraba usar el baño lo menos posible, mantenerlo aséptico con Clorálex y Pinol, tal como el resto del departamento, que aseaba desde temprano, tres veces al día, pero que con todo y eso parecía no ser suficiente.
18. La tercera noche que Claudia no volvió a la casa la radio local fue intervenida y una voz agitada dijo que era momento de “una nueva revolución”. Juro que así lo dijo. Pasaron tres noches más y Claudia seguía sin aparecer. Pensé en llamar a Martín Solares, pero recordé que en París a esas horas la gente acostumbra dormir. En el pueblo donde Claudia trabajaba no había teléfono ni internet y su celular jamás recibía señal en ese sitio. El gas pimienta se filtró por los vanos y afuera hubo bullicio y trasiego y crepitar y detonaciones. Se cortó la energía eléctrica. Me encerré en el clóset abrazando una botella de Raid Max para mantener a raya a las cucarachas-calderón, que insistían en buscar refugio alrededor de mi calor corporal y de mis detritos. Alguien en esos días incluso entró al departamento y se llevó todo lo que consideró de valor. Intentó varias veces forzar el clóset, sin éxito.
19. A Claudia nunca volví a verla.
20. En mi Moleskine clasifiqué también los distintos tipos de muerte que pude distinguir. Los cadáveres pasados por Raid Max sin variantes terminaban con el esqueleto exterior tostado y crujiente. Las muy cabronas terminaban tiesas y desecadas como hojarasca. Pero en cambio, las muertes producidas por ácido bórico variaban sutilmente, dependiendo de la cantidad de veneno consumida así como de la talla, especie y edad del insecto. Por lo general las cucarachas terminaban inflamadas y bañadas por su propia humedad, como si hubieran fallecido por permanecer toda la noche en un tazón de corn-flakes. Incluso, en los casos más drásticos, llegué a ver muertes por estallamiento de órganos internos y profusas hemorragias. Una sustancia blancuzca y difícil de quitarse de encima escurría por sus vientres y cabecitas formando burbujas plastificadas.
22. Cuando hizo su efecto, el ácido bórico que esparcí por todo el departamento me regaló mis primeras horas de sueño en muchos días encerrado en el clóset, sin salir apenas para ir al baño o tomar agua del garrafón en el que de todas formas nadaban los insectos a sus anchas. Con todo esto, no tenía manera de saber que lo peor estaba por venir con la segunda llegada de la cucaracha-calderón, que fingía estar muerta para luego, aprovechando cualquier descuido, volver a la carga por entre los resquicios de la puerta del clóset.
23. Un buen día en la calle volvió a reinar el silencio. Supe que no debía pensármelo dos veces, que debía aprovechar la tregua o la escampada o cualquier cosa que ocurriera allá afuera, para huir a toda prisa de ese culo del diablo en donde Claudia había ido a meternos.
24. Ningún tipo de transporte público seguía funcionando. Sólo vehículos policiales y tanquetas. Nadie que viera mi facha haciendo dedo en la carretera quiso llevarme. Debí caminar varias decenas de kilómetros sin saber bien a bien hacia dónde me dirigía. Por la tarde me fui a tomar varios mezcales en el primer antro que pude ver en las afueras de la ciudad. Y más tarde a nadar en un balneario de San Agustín Etla, el lugar a donde sin saberlo me habían guiado mis paso. Cuando salí de la alberca, mientras me secaba con una toalla clorada y tiesa, un hombre me preguntó lo siguiente: “¿Viene de la ciudad? ¿Es cierto que llegó la Policía Federal y que hubo decenas muertos? Ya no hay señal de radio...” Al ver que no le respondía, unos minutos después insistió por otro cauce. “¿Y cómo está el agua?” “Deliciosa”, dije.
Ciudad de Oaxaca
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Gracias a Critico criptico por la observación.